En la conquista amorosa se produce una especie de juego ambivalente: aproximarse y alejarse, ofrecer y negar, estar interesado e indiferente a la vez. Es un ejercicio de exploración entre dos personas, marcado por sentimientos de atracción recíproca, que pretende bucear en el otro con el fin de ver qué hay dentro. Lo que aquí va a suceder es una especie de asedio, de acometimiento, con el fin de entablar una batalla, una auténtica guerra, para ver quién es capaz e adueñarse del otro.
En éste periodo, el amor no ha aparecido todavía de una forma auténtica y verdadera, sino que se está ensayando, probándose, para observar qué sucede y qué posibilidades tiene de triunfar, de dominar, de vencer y colonizar el corazón de la otra persona.
Los mecanismos que aquí se utilizan son los de "seducción". Seducir es arrastrar hacia uno a esa otra persona mediante una atrayente fascinación multicolor que, en sus comienzos, pretende deslumbrar. De ahí que al principio sea una diversión desafiante y placentera ligada a las apariencias. Los primeros momentos está dominados por lo artificial. Se juega con las palabras, con los gestos, con sus giros y variaciones. La nota placentera a la que aludíamos es simplemente goce, de satisfacción al ir andando esa travesía burlona. Cuando lo que se intercambia es sexualidad, el tema cambia por completo; las relaciones ya nacen sobre una base sensual: se busca y se persigue la relación sexual por encima de todo, y se acepta la posibilidad de que más adelante todo se convierta en algo "más personal", más humano y menos físico.
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